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Estremecidos: a 10 años del 27/F

A las 03:34 hrs. del 27 de febrero de 2010, un terremoto con epicentro frente a las localidades de Cobquecura y Curanipe y que alcanzó una magnitud de 8.8, estremece al país durante 5 minutos.

Viví el terremoto en Renca, en la casa de unos amigos. Todo estaba a oscuras y las réplicas golpeaban sin descanso, así que decidí esperar la mañana para irme a la casa. Al amanecer salí con mi bicicleta y una pequeña cámara, sin imaginar como estaban realmente las cosas afuera.

Las líneas telefónicas fueron lo primero en colapsar y en la calle había muros y escombros en el suelo, así como mucho polvo en suspensión. Algunas personas formaron improvisados campamentos en las veredas, los paraderos estaban repletos de gente en busca de algún tipo de locomoción, tal vez con la incertidumbre de no saber de sus familia o simplemente con ganas de huir.

Son las primeras horas del día y una réplica remece fuertemente el silencio del ambiente. Las personas en la calle corren como hormigas aterradas, pero no hay donde escapar del miedo. Los carros de la feria en avenida Condell quedan abandonados, igual que la suerte del país, hasta la noche anterior preocupados del Festival y el próximo cambio de mando de Bachelet a Piñera.

Comenzaban a llegar las primeras noticias desde el sur de Chile, y con ello las primeras muestras de la inoperancia de las autoridades, incluidas Bachelet y la Armada, cuya alarma de evacuación nunca llegó.

Por supuesto que los ojos estaban en las zonas cercanas al epicentro, pero en las comunas periféricas de Santiago también hubo fallecidos, damnificados, familias afectadas que terminaron acampando en sus propias poblaciones.

En la Villa Salvador de Renca, a sólo cuadras de la municipalidad, muchos vecinos durmieron semanas en pasajes y plazas debido a los daños que provocó la catástrofe, la cual, tristemente, se prolongó mucho más de lo pensado.

Acá tuvieron que pasar semanas y meses para que la alcaldesa y el gobierno reaccionaran. Ninguna autoridad del municipio actuó a tiempo: solo se preocuparon de sus propias necesidades de y su reducido entorno a dos cuadras de la Plaza de Renca.

En estos contornos de la ciudad, entre cortes de los servicios básicos y las amenazantes réplicas, los pobladores literalmente tuvieron que arreglárselas solos. Con la tierra aún temblando, fueron las organizaciones sociales las que ayudaron a contener los estragos que dejó la emergencia. Ahí los vecinos se encontraron, compartieron lo que tenían y canalizaron la ayuda que el mismo pueblo entregó. Cada comunidad se organizó de forma espontanea para hacer frente al abandono. A veces con ollas comunes, a veces levantando los primeros tabiques y cerchas de una improvisada reconstrucción.

Imágenes propiedad del Blog “El Renquino” (1)


Las soluciones definitivas tardaron años. En algunos casos, nunca llegaron.


El Estado, las instituciones civiles, militares y el gobierno local no dieron el ancho, con sus obsoletos sistemas de alertas y protocolos que no llegaron a nada. El costo, como siempre, lo asumió el pueblo: más de quinientas personas que jamás volverán.


La tierra se calma y el alma nos vuelve al pecho. Pero para los familiares de las victimas el terremoto no duró cuatro o cinco minutos, los sigue estremeciendo hasta el día de hoy y seguirá por toda una vida.

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