BLOG DEL EQUIPO

Un llanto de mayo

Hoy no pude evitar llorar. Mientras mi hijo de apenas 6 meses dormía pegadito a mí, el anuncio de 2.660 nuevos casos positivos de COVID-19 en sólo un día me trajo mucha angustia. Le pedí a mi hermano, que es el que me ayuda con las compras y cualquier otra cosa que necesitemos del mundo exterior, que por favor ya no salga, salvo a ver a las personas mayores que le asignaron en el programa de voluntariado de la comuna.


Así las cosas, decidimos no asistir más a la feria y comprar las frutas y verduras a la vecina de la población que que las está llevando a domicilio, por un poco más de plata, claro. Mi hermano me dijo por el chat -porque nos vemos lo menos posible y desde lejos a pesar de vivir al lado – “tranqui hermana, la gente pobre va a cagar” y una carita triste.


En cierta forma, somos una familia privilegiada, no somos pobres. Podemos pagar un médico en línea si le pasa algo a Valentín, mi hijo, para no exponerlo. Pagar más porque otro u otra se arriesgue a traernos las cosas a la casa, movernos en moto o en auto si tenemos alguna emergencia o nos falta algo.


No somos ese vecino o esa vecina que hoy sólo come los días que pilla ollas comunes o comedores solidarios, que ha hecho filas y ha ido a golpear puertas en la municipalidad para pedir ayuda, mercadería para alimentar a los suyos. No somos esa familia que con la cuarentena total ya no sabe qué hará para subsistir, no lo somos, pero lo son nuestros vecinos y vecinas. Pienso en las familias de muchos de los niños y niñas de las escuelas, liceos y jardines municipales con los que trabajo. Pienso en las dirigentas sociales que he conocido en charlas y actividades, en las familias de mis compañeras de danza de toda la vida. También pienso en todas aquellas personas que toman micro conmigo, las que nos topamos en el consultorio retirando lo leche.


Con la guata apretada, me armé de valor y partí con mi hijo encima, como las mujeres del altiplano, al Consultorio de Renca para vacunarlo contra la influenza. Salí con miedo, angustiada, caminando rápido las pocas cuadras, tomando mucha distancia de cualquier persona que se nos cruzara por delante. La vacuna fue expedita, volvimos lo más rápido posible a casa, toda la ropa a la lavadora y directo a la ducha, los zapatos fuera. Y cuando volví a poner a mi hijo en el pecho, a amamantar y dormir, volví a llorar.


 Lloré por la tranquilidad que tenemos y que muchos otros en nuestra comunidad no pueden tener. Lloré por la indolencia de las autoridades de gobierno, que sólo ofrecen migajas, que tiene el descaro de hablar de una “nueva normalidad” mientras la curva de contagios se dispara. Que dicen haber estado preparados mientras los test se amontonan en laboratorios colapsados y las camas y ventiladores mecánicos comienzan a llegar a su máxima capacidad. Lloré porque nos gobierna gente que desde la comodidad de un estudio de televisión tiene el descaro de decir que no se pueden entregar más recursos a las personas porque prefieren que la gente tenga “la libertad de arreglárselas por su cuenta”.


Una cosa me queda clara: son criminales y tienen el poder para seguir haciéndolo.  Nos están matando cuando se niegan a ofrecer una renta básica de emergencia con montos que al menos cubran la línea de la pobreza, cuando se niegan a fijar los precios de alimentos de primera necedad, a congelar el pago de servicios básicos, deudas educativas, a entregar la devolución de impuestos a los y las trabajadoras a honorarios, o cuando se niegan a respaldar proyectos como el postnatal de emergencia.


Nos abandonaron cuando decidieron que lo primero, antes que cualquier cosa, era entregar garantías a las empresas para congelar contratos y dejar de pagar sueldos. Ley de “protección del empleo”, la llamaron, como si fuéramos incapaces de ver lo que realmente es, un salvataje al gran empresariado, osea, ellos mismos.


Entonces, de pronto dejé de llorar. Me sequé las lágrimas de la cara y le di un besito en la frente a mi guagua. Lo miré dormir y le prometí que mientras viva voy a dedicarme con todas mis fuerzas a recordarle al pueblo trabajador este día y todo lo que hemos vivido, para que en octubre o cuando sea podamos iniciar un nuevo camino como sociedad y país, con una nueva Constitución. Para que en la próxima emergencia no tengamos que ver ollas comunes. Para que de un vez por todas levantemos una alternativa social, económica y política y jamás volvamos a depender de ellos.

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