CORONAVIRUS CRÓNICA

En primera persona: La huida de Gonzalo


“Soy Gema, hermana de Gonzalo (35). Hace algunos días, nos tocó estar más de 30 horas esperando en una sala del nuevo Hospital Félix Bulnes. Hace más o menos una semana mi hermano comenzó con fuertes síntomas asociados al Coronavirus, como fiebre alta, pérdida del olfato y dolor muscular.. Después de dudar si convenía o no llevarlo, cuando comenzó con dificultad y dolores decidimos partir directamente al SAR. Ahí lo tuvieron en observación y le tomaron el examen PCR, cuyo resultado – supuestamente – tenía que llegar en 48 horas, aunque en realidad se están demorando de 10 a 11 días. 


Gonzalo, como muchas otras personas, estuvo hospitalizado en una silla de la sala de espera del hospital. Sólo después de veintitantas horas le vinieron a poner oxígeno. En todo el rato que estuvimos no lo vio una enfermera más de dos veces. En algún momento de la mañana vinieron a avisarle que se preparada por que tenían que hacerle un escáner, sin darnos más detalles sobre qué tipo de examen sería o por qué motivo. 


El Hospital a esa altura estaba colapsado por dentro y por fuera, y a cada hora que pasaba llegaba más y más gente. Llegó un momento en que los pacientes sospechosos de COVID-19 se empezaron a mezclar con la gente que venía por cualquier otra cosa. Los pasillos estaban llenos de familiares tratando de conseguir alguna información, algunos incluso tratando de colarse para saber algo de sus familiares. Pero no se consigue nada, el personal médico, los enfermeros, enfermeras y el resto de los funcionarios estaban sobrepasados también. En el caso de los hospitalizados, no se aceptan familiares.


Intentamos trasladar a mi hermano por nuestros medios a otro centro asistencial donde pudieran recibirlo, pero una de las enfermeras nos dijo que una vez ingresado acá (como si estar en una silla significa estar hospitalizado) que es imposible cambiarlo y estaríamos cometiendo un delito si lo llevábamos. A esa altura ya había pasado más de un día en y claramente no había posibilidad de que lo ingresaran adecuadamente. En parte por la edad y en parte porque había mucha más gente antes que él. La señora del asiento de al lado, por ejemplo, llevaba tres días en la sala de espera, tambien leímos en las redes sociales el fallecimiento de un adulto mayor, que habia estado en esa misma salá con nosotros.


En algún momento de la mañana vinieron las enfermeras a sacar a todos los familiares de la sala, por que había que hacerle espacio a las personas que venían llegando en mal estado. Horas después, con la caída de la noche, nos llegó un mensaje de voz de Gonzalo. En él nos decía que estaba en la calle, que tenía frío y necesitaba ayuda urgente. Al principio, sinceramente, no lo podíamos creer, pero igual partimos con mi cuñada a buscarlo en los alrededores del hospital. Gonzalo estaba sentado en el piso, sin nada para abrigarse y respirando con dificultad. “Prefiero arrancarme antes que morir en una silla”, creo que dijo algo así. Apenas le salía la voz. 


Gracias a un conocido que nos ayudó pudimos trasladarlo rápidamente en un taxi, nuestro destino era una clínica, cualquiera, realmente donde pudieran recibirlo bastaba. En el camino Gonzalo tiritaba, tenía las uñas y los labios morados, en ocasiones parecía perder el conocimiento o desmayarse. Sabíamos que era un riesgo trasladarlo, pero definitivamente no podíamos esperar más: había estado 30 horas hospitalizado en una silla, sin haber recibido ni siquiera una colación o medicamentos. 


Al rato llegamos a la clínica Bicentenario, en la Alameda. Si bien había bastante gente, ahí fue ingresado y revisado por un médico. Después de pasar por triage quedó en una camilla a la espera de que le prepararan una habitación, cuestión que luego de unas pocas horas se concretó. Gonzalo pudo ser hospitalizado en una cama, con una enfermera que le revisaba el estado y los signos vitales cada media hora. Si lo llegaba a necesitar, tenía prioridad para un ventilador mecánico y un médico que le llevaba su expediente y lo iba a ver constantemente.


En ese momento lo más importante era salvarle la vida, pero luego comenzamos a entrar en razón del costo que esta atención supondría. Sumando y restando, se había comenzado a acumular una deuda de cerca de un millón y medio por día, una cifra altísima y muy difícil de pagar para casi cualquier chileno. Gonzalo vive junto a su familia en la casa de su suegra la cual tiene un delicado cáncer  en estado avanzado. Esta situación ha sido un golpe emocional para toda la familia, además de los costos económicos que una enfermedad así trae aparejados.


Mi hermano y su señora dependen de los ingresos que les genera su emprendimiento de Sushi, el cual no ha podido funcionar desde que comenzó la pandemia. Desde hace algunos días, amigos y familiares nos hemos visto obligados a organizar rifas y completadas para poder pagar la deuda médica y ayudar a Gonzalo. Una deuda por vivir.


Como muchas familias del país, sobre todo en estos tiempos difíciles nos ha tocado ver en carne propia una abismal nivel de desigualdad en la rapidez y la calidad de la atención entre los hospitales públicos y las clínicas privadas. donde morir en una silla y sin atención es un destino recurrente, o si sobrevives quedas endeudado por un monto millonario. 


Han pasado los días y mi hermano ahora está mejor, con hospitalización domiciliaria y evolucionando positivamente, pero con una deuda enorme a cuestas por la atención en la clínica. Pero es lo que hay, por que si se quedaba en el Félix se nos iba. Agradezco la fortaleza que tuvo mi hermano en ese momento, porque Gonzalo esa noche huyó de la muerte.”


Gema (27), vecina de Renca.

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