CRÓNICA

La última lucha del Tío Miguel

La última vez que sintió la pulsión de volver a consumir, Miguel trató de pensar en el pequeño bolso que se había llevado al retiro de conversión en un brumoso día de agosto del año 2000. Después de haber recibido la eucaristía y emprendido el viaje de vuelta a Santiago, estaba convencido que el Espíritu Santo venía de polizón en algún lugar del equipaje. Para el momento de esa última tentación llevaba más de un año y cuatro meses en abstinencia. Sin decir nada rechazó la oferta, se sentó en una de las escalinatas que rodean la Vega Central y comenzó a susurrar el rosario. Desde esa oración al calor de la fogata hasta el día que le tocó despedirse, nunca más tropezó con vicio alguno.


Cuando Miguel Valdivia (n. 1961) llevaba poco más de un año de matrimonio con Jacqueline, con quien se había casado el día de su cumpleaños en 1984, las amistades y la desesperanza que se vivía en la periferia en tiempos de dictadura lo llevaron a comenzar un periplo por distintas sustancias y situaciones que pusieron en riesgo su vida.


Lo que partió como una pilsener compartida entre los amigos, pronto pasó a un consumo de numerosas cañas de aguardiente o vino al día, en las que se terminaba yendo una parte importante de sus ingresos como maestro pintor. Poco tiempo después vendría la dependencia de los fármacos, que entre estimulantes y depresores lo llevó a consumir – según él mismo contaría – hasta un centenar de pastillas al día.


Luego empezaron las salidas sin fecha ni hora de regreso, el frío y la lluvia cuando el sueño y el mareo lo pillaban lejos de casa, y la vida en la calle se fue haciendo habitual. Fue, sin dudas, el período más oscuro y triste de su vida. Aunque nunca se vio involucrado en hechos delictuales, si se enredó en numerosas peleas callejeras, generalmente por algunas monedas o la última tira de pastillas.


Recién cuando se vio a sí mismo con dos marcas de bala en el cuerpo producto de tanta riña absurda, comenzó a entrar en razón de que había perdido más de 15 años entre cantinas, caletas y el mate sobrelavado de los hermanos de la calle. Pese a todo, la familia siempre mantuvo la esperanza de verlo recuperado. Si no hubiese sido por ese último pilar de apoyo, “la cuerda que lo sacó del pozo”, como lo definió, el final habría sido inminente y muy posiblemente en la aspereza de alguna vereda. 

Dos promesas


Hasta antes de irse al retiro en Cartagena – al que fue obligado a ir por su familia y uno de sus amigos que no había sucumbido ante los vicios – Miguel no era especialmente un hombre religioso. Aunque había sido educado en una familia temerosa de Dios, siempre miró con recelo – y hasta con desprecio – a los predicadores de la palabra. “Como Pablo de Tarso hizo con los cristianos antes de volverse apóstol”, solía decir. 


Sólo con el miedo que le provocó sentir en primera persona la presencia de lo que él definió “como un calor y una electricidad en todo el cuerpo” – como contó hace algunos años en una entrevista – se convenció del llamado divino. “Fue como si me hubiesen tomado de las mechas y me hubiesen dado un zamarrón fuerte”, contaba.


Fue tanto el impacto que tuvo en él esta experiencia, que esa misma tarde trató de hablar con Dios frente a la playa. Ahí le hizo dos promesas a cambio de salvarle la vida: la primera es que a partir de ese momento dejaría todo tipo de adicción al alcohol y las drogas para dejar la calle y regresar con su familia. La segunda es que una vez lograda esa abstinencia, dedicaría su vida a ayudar a otros, especialmente aquellos que se encontraban más abandonados por la sociedad. 


Y al primero que se devolvió a rescatar fue a su hermano Juan Carlos, a quien se llevó a otro retiro de conversión cuando notó que estaba empezando a tener problemas debido a su alcoholismo. “Mi papá dejó los vicios gracias a mi tío y cuando empezó a ayudar a la gente lo apoyó en todo lo que necesitara. Su primer rescatado fue su primer voluntario”, explica Nicole, sobrina de Miguel. Después vendrían las primeras salidas con un termo, café y seis hallullas con jamón y queso que compraba en el negocio que está frente a su casa. Al principio la ronda fue a pocas cuadras a la redonda en la Villa Sarmiento y La Quebrada. Después vendrían la Lourdes, La Vega Central, El Cortijo y los puentes del Mapocho donde tantos amigos terminaría haciendo.


Poco a poco se fue pasando la voz de que andaba un grupo asistiendo cada noche a las personas en situación calle, y empezaron a llegar las primeras donaciones de frazadas, pan, traslado para los voluntarios y más. 


“Empezó trabajando solo, después participó con los Hijos de La Calle y la parroquia San José Carpintero. En ese tiempo se la empezó a jugar por completo y creó su fundación, Cristo de la Noche. Se creyó el cuento de que hay que ser representante de Cristo en la tierra y yo creo que lo logró”, cuenta Honorio, antiguo amigo de Miguel y colaborador de la Fundación.


El 25 de enero de 2001 – paradójicamente el día de la conversión de San Pablo – nació la agrupación Cristo de la Noche, bajo el alero de la Pastoral Solidaria de la Parroquia El Señor de Renca, fijándose todas las noches de sábado del año como el día en que se harían las rutas solidarias. 

La misericordia


Fue en las Rutas Calle donde la fundación tuvo el mayor despliegue y el mayor impacto, llegando a cruzar varias veces Santiago con tal de llegar con comida caliente y abrigo para todo el que lo necesitara. Honorio agrega que “(Miguel) partió con nada y cinco años después podía llegar a repartir 200 colaciones y 25 o 30 kits de abrigo en una noche, pero su sueño seguía siendo poder habilitar un albergue donde poder recibir todo el año a los chiquillos”, señala.


La puesta en marcha del albergue en 2013 fue la terminación de una importante lucha por contar con un centro donde recibir a todas las personas en situación calle durante los duros inviernos. Al año siguiente comenzó la construcción de la hospedería permanente a los pies de la ermita de Laura Vicuña, iniciativa que contó con el apoyo de dos parroquias de la comuna y la Sociedad del Canal del Maipo, destinada no sólo a albergar, si no que a rehabilitar a los hermanos rescatados de la calle. También por 7 años consecutivos fueron los encargados de llevar adelante el programa de Noche Digna del Ministerio de Desarrollo Social, asistiendo a más de 150 personas del sector norte de Santiago. 


En el aniversario 16 de la fundación, el Arzobispado les entregó el uso de la actual sede en calle El Cerro, que se transformó en la Casa “Padre Pepe” y centro de la comunidad, donde hacer de la ayuda no sólo algo momentáneo de las Rutas, sino que proyectar en el tiempo la obra y otorgar un apoyo integral a los hermanos. 


Ahí fueron recibidas Inés González y su hija Stephanie Obregón tras cinco años de vivir en situación calle. “El tío Miguel nos encontró malitas y nos rescató de donde estábamos, me ayudó a superar mi drogadicción y mi alcoholismo y nunca nos pidió nada a cambio, salvo ayudar a los otros que lo estaban pasando mal”, relata Inés. “Con la tía Jacque, que es como mi segunda mamá, nos llevaron a la hospedería y ahí pudimos volver a empezar con lo que teníamos, mi hija después terminó de estudiar, y aquí estamos ahora”, comenta.


Esa fue siempre la idea principal de Miguel. No basta sólo con asistir en la calle, sino que acompañar en todo el proceso. Que las personas pudieran tener un espacio donde rehabilitarse, recuperar a sus familias y empezar a proyectar el “segundo tiempo” de sus vidas. 


Como era de esperarse, al poco tiempo la Fundación se convirtió en familia. Quizá los momentos más felices fueron las celebraciones de cumpleaños, cuando alguno de los muchachos cumplía el año en abstinencia de alcohol y drogas, las fondas sin alcohol donde se invitaba a participar al resto de los vecinos de Renca y las navidades en comunidad, probablemente el momento más emotivo del año. 


Pese a esto, también hubo momentos tristes. Sólo en el año 2015 catorce de las personas que solían visitar fallecieron en la calle por diversas razones, la mayoría por hipotermia o por enfermedades inducidas por el alcohol barato tipo pelacables o del mortal pájaro verde. Además del frío y estos licores tóxicos se sumaba un tercer enemigo: el tráfico en las inmediaciones de la fundación. Miguel no sólo se enfrentó al flagelo de la droga ayudando a rehabilitar personas, también plantó cara directamente a los narcos. “A mis hermanos nadie le vende y aquí no aceptamos plata manchada”, llegó a decirle a uno de ellos, rechazando tajantemente una exagerada donación.


Ante la mirada atónita del jefe de la banda, le señaló la calle: “si no viene a rehabilitarse no se moleste en venir, vaya con Dios”. 

La Pasión


Cuando escucharon en las noticias que en cosa de semanas llegaría una pandemia mortal, Miguel y sus colaboradores se pusieron manos a la obra para tener la fundación a punto en el momento en que empezaran las cuarentenas y los toques de queda. La preparación fue frenética pese a lo limitado de los recursos. Además de acopiar alimentos, había que juntar artículos de aseo, ropa de abrigo y fuerza espiritual para lo que se podía venir. 


El sábado 2 de mayo las puertas de la hospedería y el albergue Cristo de la Noche cerraron por dentro: iniciaba una cuarentena preventiva en que había que minimizar lo que más se pudiera los contactos con el exterior. Considerando las diversas enfermedades de base y la presencia de adultos mayores entre los hermanos acogidos en la fundación, un brote dentro del hogar habría sido catastrófico. El único que seguía afuera era Miguel, que recorría las calles buscando a los rezagados para llevarlos a la hospedería tan pronto fuera posible. 


El 27 de mayo comenzaron los síntomas, un calor en la frente y una tos difícil de disimular tras la mascarilla acusaban que algo no andaba bien. Esa misma noche fue al SAR a tomarse el examen y regresó a su casa, donde con el correr de las horas la situación empeoró, dirigiéndose esta vez al Hospital Félix Bulnes. Dos días después le dieron el alta, indicando que su condición general era “buena”.


No pasaron ni 24 hrs cuando tuvo que volver a ser hospitalizado, esta vez en la Clínica Santa María. Ahí tuvo tantas noches de esperanza como mañanas de gravedad, donde solía recurrir al rosario. También tuvo tiempo para enviar algunos saludos mediante las redes sociales a sus familiares y amigos más cercanos. Sus últimos diálogos fueron principalmente preguntas sobre el estado de los hermanos en el albergue, donde afortunadamente la situación no pasó a mayores, y sobre el avance de los contagios en Renca, comuna a la que tanto se dedicó y amó. 


El 15 de junio a las 08:55 de la mañana, y tras 19 días de hospitalización, la vida de Miguel se vio arrebatada por segunda y definitiva vez. Junto al camino recorrido, eso sí, dejó sembrada la mayor obra social en la historia de la comuna. Renca no sólo perdía a un vecino, perdía a uno de sus imprescindibles. 


Mientras la carroza circulaba junto a un gran retrato las calles renquinas que tantas veces recorrió, al trote le seguía uno de los hermanos en situación calle que Miguel había levantado desde bajo el puente Carrascal hace siete meses. Y apuntando tembloroso sobre su gastada Biblia, como consuelo recitaba:


“¡Y ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo el que vive en mí!” – Gálatas 2:20

Texto: Radar Renca
Fotografías: Rodrigo Saavedra

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