OPINIÓN

De acuerdos, el futuro y la redistribución

El recientemente promulgado “Gran acuerdo nacional”, que fue inmediatamente capitalizado por el presidente Piñera, tomó bastante tiempo en llevarse a cabo. Como es sabido, el desafío de todos los Estados durante la pandemia ha sido la contradictoria tarea de implementar una cuarentena sanitaria al mismo tiempo que se toman medidas para palear los efectos nocivos de ésta sobre la economía, de ahí que sea una tarea evidentemente contradictoria.


En efecto, uno de los temas más bullados actualmente es que el gobierno haya tardado tanto tiempo en tomar medidas en la forma de una ayuda económica concreta para los hogares chilenos, puesto que medidas de este tipo ayudarían tanto a la implementación de la cuarentena, como al funcionamiento de la economía (ya que este gasto público se transforma en demanda).


Me interesa detenerme en los motivos ideológicos que podrían haber tardado esta decisión. Mi argumento es que la forma en que el Estado y la economía son pensados en Chile actualmente (al menos como es avalado desde la Constitución, la cual posee “amarres”, que podríamos entender como ingenios técnico-jurídicos que vuelven muy difícil su modificación) han perdido su legitimidad, y es por tanto la ideología que grosso modo defiende la derecha chilena la que pierde su credibilidad. Y ante este cuestionamiento, la derecha busca evitar cualquier medida que permita experimentar una forma de economía diferente a la que defiende ella, de modo que la ciudadanía no pueda hacerse juicios divergentes.


Desde octubre del año pasado el malestar por el modelo económico viene siendo explicitado con fuerza por la ciudadanía, varios especialistas de las ciencias sociales coinciden en que Chile no es realmente un país de clase media, puesto que la mejora en las condiciones de vida tras la implementación – violenta y antidemocrática – del neoliberalismo es ilusoria. Con salarios paupérrimos que apenas superan el límite de la pobreza; una línea de la pobreza que es cuestionable (ya que reposa en las manos de los técnicos supuestamente neutrales y descargadas de sesgos valóricos, personales o ideológicos); la dependencia de las tarjetas de crédito no para darse lujos suntuosos que no se pueden pagar, sino que para alimentarse.


Estos síntomas y muchos otros que no tengo espacio para siquiera nombrar aquí, demuestran que la clase media en Chile es una artimaña de los técnicos y sus cifras: con un concepto de clase media que es demasiado laxo, pues el espectro va de los 600 mil pesos hasta los 2 millones y medio de pesos, lo que hace fácil elevar promedios cuando la disparidad de sueldos es tan elevada.


De hecho, me parece que esta pillería se ha manifestado sin ningún pudor estos últimos meses ¿No ha sido acaso el despliegue del gobierno de Piñera ante la pandemia, especialmente encarnado en la figura de Mañalich, una vulgar estrategia de marketing? Maquillando las cifras con todas las mañas posibles para verse bien ante la opinión pública. En efecto, parece que todo para este gobierno no es más que una gran campaña de publicidad, y el presidente es un gerente.


En fin, el caso es que todo el manejo de la pandemia no ha sido más que una expresión de la forma de pensar el Estado y la economía que está cristalizada, aún, en nuestra carta fundamental (pero no así en nuestras mentes y corazones). Lo que pudo ser una oportunidad para mejorar ante la opinión pública, no ha hecho más que restregarle a la ciudadanía todo aquello que la tenía hastiada y que motivó el llamado ‘estallido’ social.


Y, el hecho de que muchas personas que caen dentro de ese amplísimo espectro de ‘clase media’ van a ‘caer’ en la pobreza ante la crisis, demuestra que tales condiciones económicas de vida no están aseguradas de modo estructural. Una clase media consolidada tiene la capacidad de sobrellevar los accidentes de la vida, y no sólo los de la escala de la pandemia, sino que también las enfermedades, el desempleo y otros males que no son extraordinarios (ante los cuales nuestra sociedad ciertamente tampoco ha consolidado una protección).


El debate por el modelo económico está pendiente por nuestro proceso constituyente, pero la pandemia no sólo ha reforzado la necesidad de llevar a cabo tal discusión, y nos ha vuelto a restregar en la cara la estructura económica y distributiva viciada de la sociedad chilena, sino que ha acelerado procesos de cambio económico y ha creado otros. Los economistas señalan que la cuarta revolución industrial será acelerada, y con ella pasarán a la historia muchos trabajos que forman parte del mercado laboral. Además, la crisis económica advenida de la pandemia ha forzado a los Estados a buscar fiscalidad, de modo que algunos gobiernos han ofrecido ayudar a las empresas que mantengan sus capitales en su territorio, o discuten implementar impuestos a la riqueza o impuestos progresivos.

“Para la mala suerte de quienes defienden el modelo, las medidas que están tomando los Estados y las entidades económicas internacionales son contraintuitivas o heterodoxas respecto de sus ideas.”


Para la mala suerte de quienes quieren defender el modelo avalado desde la constitución de 1980, las medidas que están tomando los Estados y que las mismas entidades económicas internacionales sugieren son contraintuitivas o heterodoxas respecto de su concepción. En consecuencia, existen vendavales nacionales e internacionales que soplan en la dirección contraria a las convicciones del oficialismo.


La crisis cambiará inevitablemente la economía mundial, los Estados ya están pasando por cambios que, si bien son motivados por la pandemia y tienen una apariencia pasajera, terminarán quedándose o harán reformular sus economías posteriormente. En este sentido, la experiencia de los ingresos básicos de emergencia sienta un precedente importante, y alimenta la discusión por otro tipo de medidas redistributivas. Además, la gran intervención estatal que requieren los países por la crisis ofrece un horizonte mucho más maleable que de costumbre, maleabilidad a la que ya se había dispuesto nuestro país al fijarse un proceso constituyente.


Por todos estos motivos es que pienso que puede explicarse, en parte al menos, la reticencia del gobierno ha haber adoptado este tipo de medidas, porque podría reforzar la crítica a su manera de entender la economía.


En conclusión, creo que hay que poner atención a todos los ‘acuerdos’ y medidas que se tomen de forma ‘pasajera’ o ‘provisional’, puesto que sientan experiencias que formarán parte del proceso constituyente que tenemos pendiente. Así es como cabe concebir la reticencia de la derecha a tomar medidas que, siendo necesarias, contradicen sus convicciones ideológicas y refuerzan los aires de cambio que soplan cada vez más fuerte en el siglo XXI. Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que estos tiempos de cambios nacionales e internacionales ofrecen una oportunidad única de erigir instituciones sociales y económicas con las cuales nos podamos identificar, que permitan apropiarnos y hacernos sentir parte de la comunidad en la que vivimos.


Obviamente la economía no es el único aspecto que hay que cambiar, pero una redistribución más justa, que haga viable una vida digna y plena para los habitantes de Chile, es quizás, más probable que nunca.

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