OPINIÓN

Por una cabeza: la indolencia de los palacios y el hambre del pueblo


Algunos años antes de que estallara la Revolución Francesa, sucedió un acontecimiento muy pequeño pero de profundas consecuencias históricas, tanto así que después hasta el mismo Napoleón diría que este había sido el detonante de dicho proceso: el asunto del collar. Cuentan los historiadores que un joyero reclamó el pago de un costoso collar de diamantes a María Antonieta de Austria, por entonces reina consorte de Francia. La reina, como no, se desentendió del asunto culpando al Cardenal de Rohan de haber encargado dicha joya.


Pues bien, fue tanto el revuelo que el Rey pasó el tema al Parlamento, quienes después de una exhaustiva investigación finalmente descubrieron que se trataba de una estafa. Aún cuando se buscó limpiar la imagen de la Casa Real mediante un juicio público a los responsables, la opinión del pueblo respecto a María Antonieta terminó en el suelo. Los franceses, agobiados por el hambre y las constantes guerras, estaban cansados de las estafas, bajos negocios y excesos de la aristocracia. Cuando la reina trató de revertir su imagen despidiendo a sus cortesanos, estos se unieron a las críticas y comenzaron a llamarla “Madame déficit”.

“El hambre es una experiencia inimaginable y por tanto indescriptible, por lo mismo la violencia que engendra escapa de toda comprensión.”


Fue tanto el odio hacia ella que apenas inicia la revolución los hambrientos franceses se abalanzaron contra el palacio exigiendo pan. De ahí la conocida frase de “si no tienen pan, que coman tortas”. Si bien estos dichos corresponden a una de sus tías, el pueblo no dudó en atribuírsela. Finalmente María Antonieta fue acusada por la élite revolucionaria de favorecer intereses austriacos e intentar huir de la justicia; pero para los franceses comunes y corrientes, en cambio, fue culpable de dos crímenes terribles: la indolencia y el derroche.


Tras el estallido social más grande de la historia de Chile en octubre pasado, sorprendió ver como Piñera, mientras media ciudad ardía, se había ido a comer pizza junto a sus nietos, y que fue una muestra de lo que vendría después. Aún más, pocos meses después y con el estallido sin resolverse, el destino nos trajo una pandemia de proporciones no vistas en casi un siglo, cuyo negligente y trágico manejo gubernamental nos despojó de ese disfraz de “Jaguares OCDE” y sacó a luz el verdadero rostro de Chile: una exacerbada desigualdad y una vulnerabilidad extrema, donde el virus se convirtió en pobreza y hambre al poco tiempo.


En este contexto, y como si las coincidencias le hicieran trampas a la fatalidad, el día en que los pobladores de Lo Espejo protestaban contra el gobierno debido a la falta de ayuda, desde el Palacio de la Moneda solicitaban comprar mousse de pato, paté de jabalí, caviar y otros productos gourmet por un total de cien millones de pesos.


Para un pueblo pisoteado eso no es una anécdota, es una afrenta que no se puede olvidar fácilmente. El hambre es una experiencia inimaginable y por tanto indescriptible, por lo mismo la violencia que este hecho engendra escapa de toda comprensión.

El resto de la historia es conocida: María Antonieta fue guillotina para calmar un rato la ira de las tripas con los rebotes erráticos de su cabeza rodante. Este gobierno es difícil que termine de la misma forma, por que hace rato perdió la suya.

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