OPINIÓN

Solo ellos saben

Nunca lo olvidaré. Era un día 13 de septiembre del 74, estábamos en casa jugando a las cartas con mi papá. Poco más allá estaba mi madre con su máquina de coser, que en ese entonces era lo que nos permitía comer, porque mi papá había quedado cesante ni probablemente lo fueran a contratar. La vida pasaba triste por ese entonces, junto mi familia que se completaba con mi hermano Guillermo Antonio, una prima y mi abuela Francisca.


Era una noche cualquiera, hasta que al rato se sienten unos golpes fuertes en la puerta. Por la manera en que golpearon y lo tarde que era, sabíamos que sólo podían ser alguna de las policías de la dictadura. Sin entender mucho, mi prima abrió la puerta y en ese momento la empujaron por fuerza, casi cayendo al suelo. En el umbral de la puerta se asomaron unas sombras con abrigos largos, que de sopetón invadieron nuestro living.


Eran seis Carabineros armados con subametralladoras, de entre los cuales apareció un civil que irónico nos dijo que le parecía “bonito ver a toda una familia reunida”. En ese momento no lo sabíamos, pero después nos dimos cuenta que se trataba del fatídico Paco Blanco, que tanto daño hizo en Renca y sus alrededores, amparándose en la impunidad que tenía al ser un represor de la dictadura.


El civil entonces anunció una revisión a la casa. Con toda prepotencia se dispersan revolviéndolo todo, Al pasar por la biblioteca simplemente extendió el brazo y botó todos los libros, cuestión que volvió a hacer en el dormitorio con nuestros textos escolares. Mi padre con voz firme pregunta el porque de su actitud, pero el civil rió diciendo “¿cuáles libros? ¿Hay libros en el suelo?” para seguir botando más cosas, provocando más risa de los que lo acompañaban.


Apuntándonos con sus metralletas nos hicieron volver al living, donde el Paco Blanco dice sonriendo “acá está todo bien, pero usted (mirando a mi madre) nos va a acompañar para un interrogatorio”. En eso giró para donde estaba mi padre y con voz sarcástica le dice “tranquilito, mañana te la devuelvo”.


Cuando se fueron a bordo de unos vehículos sin patente, mi padre trató de seguirlos y una cuadras más allá se nos perdió de vista. Unas dos o tres horas después volvió a la casa, cabizbajo, sin tener resultados.


Por los cuatro o cinco días siguientes salió a recorrer comisarías, retenes, regimientos, fue a la cárcel de mujeres, a todos los hospitales y hasta a la morgue buscándole, pero en ningún lugar sabían nada y en otros no daban información. Pese a que yo quería ayudar de alguna forma, él no me dejó que lo acompañara, pues el Paco Blanco había soltado una solapada amenaza: “Oiga, que su hijo Francisco no salga de acá… no ve que le puede pasar algo”.


El día 17 había una peña en el Colegio San Antonio, donde habíamos estudiado los 4 hermanos. Pese a las advertencias, mi papá me dejó ir para que me distrajera un rato. Cuando estaba ahí apareció el papá de un compañero que estaba en servicio activo en Carabineros.


– Sargento Rodríguez, ¿Dónde está mi madre?


– ¿Y qué me preguntas a mí? Si en tu casa hay problemas familiares y tu mamá se fue, es problemas de ustedes.


Hasta el día de hoy, nunca me ha gustado decir garabatos, pero en ese momento lo más suave que le dije fue que los carabineros eran unos maricones y traidores. Se armó tal alboroto que el director del colegio, que era un cura, me tomó del brazo y me llevo a su oficina. Mientras íbamos caminando yo seguía increpando al Carabinero, pero me callé cuando noté que discutía con su esposa.


A la oficina llegó el paco con su señora, y con los ojos llorosos me pidió perdón porque estaba entre la espada y la pared. Mi madre había sido trasladada a la 1ª Comisaria de La Serena en la noche 13 de septiembre, y antes de eso él se había ganado una anotación por ser sorprendido llevando un café para ella.


De inmediato volví a la casa y le comenté lo sucedido a mi papá. Aproximadamente a las 12 partimos los dos a buscarla. Al llegar allá nos dicen que ahora había sido trasladada a la cárcel de mujeres. 


Entramos y una monja de edad muy molesta nos dice que a la “prisionera comunista no está permitido verla, pues llega con orden de incomunicación por 15 días”. Para luego recriminarnos porque “las mujeres no se deben meter en política y mucho menos en ideologías perversas”. No nos movimos de la puerta por una tarde completa. Una segunda monja nos vio esperando y nos llevó a un rincón del patio diciéndonos que teníamos que esperar. Minutos después llegó con mi mamá y nos dice “Tienen 15 minutos, pero sin salir de este rincón”.


Mi madre corrió a abrazarnos y llorando le dice a mi padre: “Ernesto, ahora sí puedo llorar. Por respeto a usted estos cerdos no vieron una sola lagrima de mis ojos”. Se sentaron tomados de la mano y hablaron en susurro. Los quince minutos pasaron volando, me besó en la frente y me pidió que me cuidara.


A mi madre la liberaron el día 30 de septiembre, el mismo día de su cumpleaños.

Lo que pasó en esos cuatro días solo mi padre y mi madre lo saben.


Mi padre falleció el 15 de diciembre de 1990.
Mi madre falleció el 18 de agosto de 2020


En memoria de Irene Villalobos Vega (1931 – 2020)

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